El paraíso dentro del infierno

El paraíso dentro del infierno

En medio del dolor que deja una gran pérdida, creemos que será imposible recuperar la felicidad. Dar el tiempo necesario y aferrarnos a lo bueno que aún tenemos en la vida, logrará sacarnos adelante con esperanza y fortaleza.

La felicidad después de la pérdida es como las ramas de un árbol en invierno.  Carente de crecimiento, estable y a la vez silencioso. Somos atraídos por la desnudez, la crudeza y la falta de dirección en cada rama, apuntando hacia cualquier lugar, sin sentido…  como si todas esas ramas o brazos nos llevaran al mismo lugar- un punto final agitado en el cielo.

 Al principio de nuestro camino, la felicidad se encuentra escondida.  Sin embargo, es muy importante sentir que su potencial permanece presente.  Podríamos estar diciendo y pensando “Nunca me voy a recuperar de esto” y al mismo tiempo nos encontramos respirando, llenos de fuego suficiente como para calentar cada una de nuestras extremidades; aún buscando las mínimas señales de vida—un colibrí—una mariposa—una estrella en el firmamento.  Nos llama la idea de descubrir alguna promesa de lo que podría ser.

Una niña que nació con un desorden de epilepsia tan fuerte que los doctores sospechaban que no lograría vivir más de un año, me lo expresó claramente: “Sé que esto estará mal por mucho tiempo, antes de que mejore, hasta que me de cuenta de que estoy en un lugar mejor. Tengo que pensar que así será”.

Así como no podemos pedirle a una flor que florezca todo el tiempo, ni que ignore su ciclo natural de la vida y la muerte; de igual manera no podemos pedirnos a nosotros mismos estar felices inmediatamente después de una pérdida.  Eso sería una aberración.  Podemos sentir, o tener esperanza de que la sensación de dolor se aligerará poco a poco.  Podemos pedir: “Déjame notar aquello que es bueno en el mundo para poder sostenerme.” Esta es otra forma de encontrar al paraíso dentro del infierno…la capacidad de ver lo bueno en el mundo y aferrarnos a ello.

 Cuando la esquiadora olímpica Janine Shepherd se encontró a si misma paralizada, atada a una cama en el ala de lesiones de espina dorsal en un hospital, la cual sería su casa por meses, recordó un momento como ningún otro.  Ella había sido atropellada por un camión que iba a alta velocidad en su último entrenamiento para las olimpiadas.  El accidente causó que su espina se fracturara.  Recostada y atada a su cama, sin saber si volvería a caminar, le embargó la depresión.  Comenzó a darse por vencida y al mismo tiempo se maravilló al ver que en la misma sala –parapléjicos y cuadripléjicos—habían encontrado una forma de sobrevivir.  Solo podía relacionarse con los demás a través del habla y únicamente podían verse los unos a los otros limitadamente a través de unos espejos que estaban colocados en el techo sobre sus camas.  Se sentía terriblemente sola.

 Una noche, una enfermera trajo popotes.  Les pidió que los sostuvieran mientras ella cuidadosamente los conectaba entre sí, hasta que los popotes conectaban las cinco camas en forma de circulo.  “Así”, dijo ella. “Ahora estamos todos conectados.”  Esa conexión física se convirtió en la línea de la vida para Janine; ella eligió vivir.

 Saboreando estos momentos de unión a través de meses de rehabilitación física y ajustándose a un yeso que cubría todo su cuerpo, seguido de un corsé firme y luego por muletas, Janine nos muestra un claro ejemplo de cómo se aferró a lo bueno. Es tan fácil a veces, especialmente cuando estás en duelo, el ver solo la tristeza y el sufrimiento; “la piedra en nuestra faz”, como lo dijo Rilke.

Sin embargo, los resilientes entre nosotros, los más felices entre nosotros, encuentran la forma de ver lo benéfico, lo lleno de luz o lo alegre.  Este es un impulso natural, enraizado y universal, que únicamente necesitamos recordar para poder nutrirnos.

Presenciar a mis sobrinos, sobrinas y amigos subir las escaleras para confortarse unos a otros el día de la muerte de mi hermano fue un regalo; recordarlo y apreciarlo por lo que significó acerca de  nuestra capacidad de ser humanos; para mí, fue un acto de esperanza, una elección deliberada para encontrar el paraíso en el infierno.  Es aquí donde la semilla de la felicidad comienza a germinar, en la conciencia de aquello que nos sostiene.

 Al tiempo que aprendemos a saborear lo bueno, encontramos que comenzamos a ver el mundo a través de los lentes de la positividad.  Notamos que no importa qué tan obscuro es el día, el bien existe.  Recordamos nuestros retos, nuestras pérdidas, nuestros miedos y la bondad que también es real.  La generosidad abunda. La gentileza existe en las esquinas de las calles, en los baños de los restaurantes y en las salas de espera de las estaciones de trenes.  Tomamos muestras y evidencias en las sonrisas, caricias y risas; y en una forma sutil e inusual, comenzamos a programar nuestro cerebro para ser más felices.  No haciendo ojos ciegos ante el infierno que nos rodea… sino inundando ese infierno con algo que es igual de real: lo bueno de la vida; lo bueno dentro de nosotros mismos.

 Fragmento del libro A Short Course in Happiness After Loss (And Other Dark, Difficult Times), que saldrá a la venta en marzo, 2016.

 Aprende acerca de Maria en el curso: Encontrando la felicidad en tiempos difíciles (http://www.vidaybienestar.com/#!cursos/cvaa) que se llevará a cabo del 27-29 de mayo en Valle de Bravo, Estado de México.

 Dr. Maria Sirois, PsyD, es la Vice Presidenta de Desarrollo Curricular en el Wholebeing Institute; es oradora, consultora y psicóloga clínica; habiendo trabajado en las áreas de bienestar y espiritualidad por más de 20 años.  Maria ha sido invitada como oradora principal a conferencias en centros de bienestar, hospitales, hospicios, organizaciones filantrópicas, empresas, instituciones corporativas y académicas, así como a conferencias para el público en general por todo los Estados Unidos.  Es la segunda vez que Maria imparte un programa en Mexico a través del Instituto De Bienestar Integral.  Maria ha sido descrita como “una maestra de verdad” y “una oradora de gran poder y belleza”.Su libro “Every Day Counts: Lessons in Love, Faith and resilience from Children Facing Illness”, se publicó en 2006.

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